9 de septiembre de 2012

Jesusa, la medusa sociable

Jellyfish 1
Imagen tomada por Clicksy en Flickr bajo licencia CC 2.0

La historia que os voy a contar la oí cuando yo era niño, de boca de un viejo marinero retirado que pasaba las tardes en la cofradía de pescadores de un pueblecito del levante español. El capitán Joaquín era conocido por dos cosas: una legendaria habilidad para hacernos pagar al resto sus consumiciones -alcohol principalmente-, y por las historias que contaba a aquellos que quisieran escucharle -y pagar sus consumiciones-.

Os voy a contar el cuento tal y como él solía hacerlo; con la salvedad, aunque reste dramatismo a la narración, de introducirme constantemente el dedo en la nariz hasta la primera falange, escupir al suelo cada vez que escriba una palabra que contenga la letra zeta y recolocarme la entrepierna cada diez minutos.

El capitán aseguraba que todos sus relatos eran ciertos como la madre que lo parió y yo nunca he dudado que ésto no fuera así -que su madre lo pariera-, luego no hay motivos para pensar que esta historia no sea real.

***

-¡Medusa!- gritaron unos niños mientras señalaban al individuo gelatinoso que se acercaba a ellos. La reacción no se hizo esperar entre los bañistas de la playa que huían despavoridamente hacia el espacio seguro que les proporcionaban sus toallas, hamacas, sombrillas y neveras repletas de refrescos, cervezas y bocadillos de tortilla de patatas. En unos segundos esa zona del mar volvió a quedar vacía, como si agosto se hubiera transformado en enero. -Antes las cogíamos con la boca y nos las comíamos, ¡si no fuera por mi artrosis!- decía un abuelito que segundos antes corría dando garrotazos a diestro y siniestro para hacerse hueco en su huida, -¡Pues ayer mi cuñado sacó con las manos una que debía pesar a lo menos cuarto y mitad de kilo!- decía otra señora mientras a su lado el cuñado tenía un debate interno entre afirmar lo que de él se estaba diciendo y mandar algo de aire a sus pulmones, y es que hasta a los héroes les puede faltar el aliento.

A la vez que todo esto sucedía en la playa, la pequeña medusa recién salida de su pólipo no entendía muy bien que estaba pasando allí. Resolvió que los niños que la habían señalado no hacían otra cosa que llamarla por su nombre. Y como el sonido hace extraños en la interfase aire-agua nuestra medusa reciente creyó que su nombre era Jesusa. También es cierto que a ello contribuyó el hecho de que las medusas no tengan oídos.

Nuestra protagonista no era una medusa normal, como ya os habréis dado cuenta, su conducta difería de la de sus congéneres en muchos aspectos. Y el principal de todos era que Jesusa era muy social, lo único que quería era tener un amigo a quién contarle sus cosas. Cosas de medusas, claro. Sin embargo, cada vez que intentaba acercarse a esos raros animales bípedos, estos gritaban -¡medusa!- y salían corriendo. Ella, a su vez, repetía este comportamiento -ya se sabe: donde fueres, haz lo que vieres- y ponía tentáculos en polvorosa. Aún así, se giraba para ver quién era el responsable de la desbandada y alguna vez logró ver un extraño ser flotando majestuosamente en el agua, aunque en la mayoría de ocasiones simplemente no veía nada. También es cierto que a ello contribuyó el hecho de que las medusas no tengan ojos.

En una de estas ocasiones logró rozar el pie de uno de los humanos -¡Genial!  parece que he captado su atención- pensaba Jesusa -ahora, sin duda podremos ser amigos y hablar-. Sin embargo, dio la casualidad que el hombre se hizo una fea herida en la pierna, justo en el lugar dónde lo había tocado, y éste decidió salir por piernas (nunca mejor dicho) bramando insultos que a Jesusa le parecieron del todo fuera de lugar. El resultado fue que tampoco esta vez pudo contactar con el humano. También es cierto que a ello contribuyó el hecho de que las medusas no tengan estructuras orgánicas que hagan posible el habla.

Jesualdo era un magnífico ejemplar de Rhizostoma pulmo que llevaba un tiempo observando la extraña forma de actuar de Jesusa. Un día intentó tener una conversación con ella para aclararle determinados aspectos de su condición. Cuando Jesusa lo vio acercarse cambió su color y comenzó a gritar: ¡Medusa!, ¡Medusa!, giró su umbrela y huyó como medusa que lleva el diablo. Si bien es cierto que al principio Jesualdo pensaba que Jesusa era medio idiota, con el tiempo cambió de opinión: ahora estaba seguro de que era completamente idiota. Y así decidió que era un caso perdido y se alejó para nunca volver.

Los asiduos lectores de historias saben que en la mayoría de cuentos existe un final feliz; pues bien, no es éste el caso. Un día mientras Jesusa pretendía abrazar otra vez a un humano para mostrarle su buena voluntad, se acercó otro con una red verde atada a un palo -gamberos o salabres los llamamos por aquí- y la extrajo del agua dejándola tendida sobre la arena de la playa. Jesusa estaba emocionada pensando que por fin iba a tener un amigo -seguro que alguno de los humanos que me están rodeando querrá serlo- pensaba la incauta mientras intentaba evitar que se le cayeran las lágrimas de alegría. Lo que no sabía Jesusa es que si no podía respirar no era debido a la emoción del momento, y si hubiera escuchado a Jesualdo sabría que lo que le caía no era llanto, sino agua de mar producto de la deshidratación. También es cierto que a ello contribuyó el hecho de que las medusas no puedan llorar.

3 comentarios:

Samuel Andreu dijo...

Bueno, no es la temática habitual del blog pero me resistía a no publicar este cuento. El verano es lo que tiene!

Israel Aracil dijo...

Como asiduo lector de su blog, me veo en la obligación de transmitirle mi feliz perplejidad al degustar su último bocado literario. Dentro de un menú técnico condimentado con información fresca y opiniones fundadas, no está de más un postre como éste.

Reciba mis más sinceras felicitaciones por su trabajo y un cordial saludo.

Israel Aracil.

Samuel Andreu dijo...

Hola Israel, celebro que te haya gustado mi cuento. La verdad es que ha sido divertido escribirlo. Ha sido muy gratificante ponerme una chaqueta diferente por unos momentos.

Por cierto, déjame que te diga que tengo muy buenas referencias de tu empresa.

¡Un saludo!

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